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Reflexiones y consejos para educar en igualdad

05/06/2018
Por Madeleine Zúñiga, para la revista Signos

Si hay algo que es difícil de desarrollar en las personas es la conciencia de la gran diversidad de personas con las que convivimos, las que tenemos cerca en la escuela, el barrio, el distrito, el país y en el mundo, ese mundo ancho y ajeno. No darnos cuenta de quiénes son y cómo son las personas muchas veces nos lleva a no verlos y, en consecuencia, a no respetarlos. Esta falta de atención y respeto al prójimo es un obstáculo, no consciente, para nuestro desarrollo personal y también para el desarrollo del país. De allí la importancia que tienen los procesos educativos que nos conduzcan a tomar conciencia de esa diversidad humana y aprender a respetarla.

Decimos esto porque estamos convencidos de que la conciencia de esa diversidad es un buen punto de partida para reflexionar sobre la igualdad de derechos y oportunidades para todos y todas, hombres y mujeres, que en el fondo significa reconocer el respeto que nos debemos los unos a los otros, en doble vía. Un comportamiento auténticamente democrático, ciudadano, demanda el respeto de todos hacia todos los que formamos parte de una comunidad, que puede ser pequeña en extensión, o muy grande si nos referimos al país y al mundo.

Un aspecto de la diversidad humana es la diferencia entre hombres y mujeres, de todas las edades y de todos los colores. Con tristeza y gran preocupación constatamos que, en el mundo en que vivimos, la diferencia entre hombres y mujeres está muy mal entendida y afecta las relaciones entre ellos. Estas no son de respeto, de igualdad de derechos, sino más bien relaciones de poder que muchas veces se tornan violentas y dañan profundamente a las personas, tanto a las víctimas de ese poder y violencia – frecuentemente niñas o mujeres – pero también a quienes los ejercen.

Respeto: Principio de la igualdad

Cómo enseñar desde pequeños a cultivar el valor del respeto y el principio de la igualdad es responsabilidad de la que no se libran sino que comparten la familia y la escuela (cuando se tiene acceso a ella), pero también la comunidad, la sociedad en la que vivimos. Somos los adultos los que debemos tener conciencia de esa seria responsabilidad si queremos una vida digna para todos y todas, cimentada, entre otras cosas, por el respeto entre niños y niñas, adolescentes y adultos hombres y mujeres. Es muy cierto que se educa con el ejemplo, con el propio y con los que podamos identificar en el diario vivir y destacarlos, comentarlos, valorarlos o rechazarlos. Esta es una primera reflexión que debemos hacer los padres, madres, maestros y maestras.

La segunda reflexión es sobre cuánto sabemos de la capacidad de los niños y niñas para juzgar y llegar a sus propias conclusiones sobre los comportamientos y actitudes que observan en las personas, grandes o chicas. Podemos asegurar que tienen mucha de esa capacidad pero es necesario despertarla, estimularla y desarrollarla. Esto se logra a través del diálogo en el que las preguntas que se les hagan y las respuestas que les demos los lleven a la reflexión. Las preguntas que se responden con un simple Sí o No, no nos ayudan. Aquellas que indagan por el por qué, para qué, cómo así, qué crees tú y similares dan lugar a respuestas que pueden hasta sorprendernos por su madurez. En ellas, niños y niñas expresan lo que tienen en mente y corazón.

Así como razonan y son capaces de emitir sus propias opiniones y cuestionar las nuestras, niños y niñas son también muy sensibles, muy empáticos. Esa sensibilidad inherente a la infancia y adolescencia, debe ser cultivada porque ella nos llevará a desarrollar la solidaridad, tan desatendida en sociedades cada vez más competitivas en las que el individualismo y ansia de ganar despierta más el celo y egoísmo que la solidaridad. Una vez más, reiteramos la importancia del diálogo en esta tarea de cultivar solidaridad y el reto de escoger sobre qué dialogamos con ellos o provocamos el diálogo entre ellos.

Rompiendo estereotipos

Si bien se puede aprovechar circunstancias o momentos en los que se hace evidente un buen ejemplo de reconocimiento de igualdad entre hombres o mujeres, o uno de probada desigualdad, los docentes, en especial, deben planificar los diálogos sobre temas que pueden conducir a la conciencia de la desigualdad entre hombres y mujeres para rechazarla y sembrar el deseo de ayudar a combatirla. Orientarlos a ponerse en el lugar del otro o de la otra, del que sufre la desigualdad generará la conciencia de la desigualdad y la injusticia que la sustenta.

Aunque sea doloroso, teniendo cuidado con la edad de los niñas y niñas, su condición socioeconómica y cultura, es importante que identifiquen los actos de violencia sobre las niñas y las mujeres y reflexionen por qué se dan. Con ello podemos coadyuvar a romper el estereotipo del varón como “el macho”, el que pega o debe pegar a los demás, el que abusa, debe o puede abusar de las mujeres. Ser hombre no significa ser “macho” en ese sentido; los hombres son también capaces de mucha ternura hacia niñas y mujeres. Los actos de violencia no los hacen más hombres; al contrario, los empequeñece y denigra como personas. Si trabajamos con adolescentes o personas mayores, les ayudará conocer y analizar la actual legislación que penaliza los actos de violencia contra niños, niñas y mujeres, en particular. ¿Están de acuerdo? ¿Por qué? ¿Qué añadirían? ¿Qué suprimirían? Conocerla es el paso imprescindible para recurrir a ella en defensa propia o de quienes lo necesiten.

Paralelamente, también es necesario rechazar el estereotipo de la niña o mujer como la persona débil, sumisa, que necesita siempre del hombre para salir adelante. Dependiendo de la edad y del entorno socioeconómico y cultural de los niños y niñas, se pueden comentar lecturas sobre niñas y mujeres que destacan en campos como las ciencias, la literatura, los deportes, la defensa de los derechos, la política y quebrar ese estereotipo. Estar atentos a las noticias en la radio, la televisión o la prensa para identificar aquellas en las que una niña o mujer hace noticia por sus capacidades también puede ser una fuente de recursos para generar el diálogo y la reflexión sobre las potencialidades de las mujeres. Sin embargo, debemos cuidarnos de no generar actitudes de enfrentamiento o disputa con los varones intentando probar quién es mejor. No se trata de competir con ellos, sino de valorar a las mujeres y a los hombres reconociendo las diferencias que los distinguen, de aprender a caminar juntos, uno al lado del otro.

Cambiar el trato diferenciado

Una tercera reflexión que quisiéramos compartir y que refuerza las anteriores es pensar cuándo se empieza a notar (o a sembrar) las diferencias entre hombres y mujeres, porque cuando somos muy pequeños, en la primera infancia, todos son tratados por igual. Es interesante saber que hay estudios que indican que a medida que crecen los niños y las niñas, y más al comienzo de la adolescencia, tanto en las familias como en la escuela, los adultos comienzan a hacer diferencias en su trato y en sus exigencias a hombres y mujeres. Las tareas domésticas se encargan a las mujeres; a los hombres se les da más tiempo para el estudio y para el fútbol, y así por el estilo. Pueden conversar sobre ello con sus pares o alumnos y alumnas. Sin querer queriendo, se va gestando una cultura, un ambiente de tratos desiguales, de gestos y acciones de poder y dominación en las relaciones entre hombres y mujeres.

Lo bueno es que la educación puede contribuir grandemente a cambiar esa cultura; cuanto más educada, más reflexiva es una persona, más posibilidades existen de que vea y trate por igual a niños y niñas, hombres y mujeres, en cuanto al respeto y valoración que merecen, en cuanto a sus derechos como ser humano. No obstante, recordemos que la educación no solo se da en los centros educativos, se educa también en los hogares y quizás mucho más se aprende de la sociedad en la que nos desenvolvemos, real y virtualmente, para estar acorde con los vientos que actualmente soplan. Gestar una cultura de respeto e igualdad no es tarea fácil, pero debemos asumirla responsablemente desde la familia, la escuela y la sociedad.

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